Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2007.
Pasó el tiempo
En las últimas dos semanas he tratado de recuperar un ritmo de vida más o menos normal saliendo un poco y volviendo a clase. Este sábado mismo me he comprado unos discos. El último que había escuchado es el de Lucinda Williams. Ya lo mencioné en el anterior post y hoy os digo que hay que armarse de paciencia para escucharlo de un tirón. Hay canciones bastante oscuras y resulta monótono, pero resulta muy coherente y agradable una vez le has cogido el gusto. Lo último que estoy escuchando: Saltbreakers, de Laura Veirs; Transistor Radio, de M. Ward; What Would The Community Think, de Cat Power; y Oh, My Girl, de Jesse Sykes. Me dejan sabores distintos.
Suficiente por hoy. Quedaros con lo básico: las cosas no han vuelto a la normalidad, pero hay que intentar que sean lo más cercanas a una situación sostenible para todos. Que os vaya bien.
Sobre frivolidades
Por eso entierro mis papeles en un cajón o no me enfrento desarmado a la pantalla del ordenador. Tampoco soy capaz de revisar lo escrito el día anterior, si al menos consigo superar la primera barrera, y reniego de ello. Y es que es imposible separar la creación -literaria, musical o lo que sea- de la sinceridad con uno mismo. Por eso, si algo nos altera o descoloca, será imposible escribir sin afrontarlo, asumirlo y tener la predisposición necesaria para superarlo.
Muchas veces frivolizamos lo que sentimos cuando escribimos en Internet. Hay gente que se olvida de ser persona para convertirse en su propio blog, como si un post explicativo de los sentimientos melancólicos que le provoca un lluvioso atardecer fuera lo mismo que tomarse una cerveza y hablar de cosas, reírse, olvidarlo todo y tomar otra más. Como si un comentario en un post fuera igual que mantener una conversación en un café y dar de vez en cuando una palmada en la espalda o enseñar los dientes separados con una sonrisa.
Algo tiene esto de las bitácoras que nos gusta tanto. Si los hombres de hace un siglo se quedaban patidifusos porque podían hablar al instante con su primo Paco, el del pueblo, a través del teléfono, ahora yo lo flipo cuando me bajo una foto de Internet, escribo cuatro tonterías y desde cualquier ordenador las puede leer otro. Y es que hace diez años a todos nos parecía esto de la red más misterioso que el tubo catódico de la televisión -¿alguien es capaz de darle una explicación no mágica a lo de la caja tonta?-.
Por eso me gusta leer cosas interesantes en Internet y discutir sobre temas -sin abusar-, pero espero que esto nunca llegue a anular mi empatía con los demás y no olvidarme de que hay vida si miro más allá de la pantalla. Sin embargo, me satura el exceso de sentimentalismo. No es malo hablar de lo que uno lleva por dentro de cuando en cuando. Es más, si uno tiene gracia especial para hacerlo, hasta resulta bueno. Pero los sentimientos sólo llegan a su verdadero alcance cuando nos ponemos en contacto personal con otros.
Se me olvida que es Semana Santa
Efectivamente, estamos en Semana Santa. Yo antes, como niño de colegio católico y buen cristiano, iba a celebrarlo a Los Molinos o donde fuera con los curas. Ya no. Evidentemente, no tengo apenas fines de semana libres y no puedo cogerme días para irme a una cosa de estas, pero no es la principal razón. Ahora que soy mal cristiano, veo poco interesante y repetitivo el tema. Todos los años lo mismo. Las procesiones, que siempre son iguales y lo único que las hace distintas es si llueve o no, están condenadas a desaparecer. Salvo, parecer ser, en Sevilla, donde hasta los niños cargan con la cruz. No pretendo cagarme en estos días sagrados -incluso para mí, aunque no lo parezca-, sino que también quiero acordarme de todos aquellos que a diario se mean en el cristianismo, no reconocen su importancia en el pasado -incluso en el presente- y pasean orgullosos su ateísmo. Luego son éstos los que se cogen vacaciones en los mismos días: Navidad y Semana Santa.
Por la ventana

Nunca me había parado a pensar qué se puede hacer o no delante de una ventana. En mi habitación, la de mi casa, el ventanuco da a un patio interior en cuyas paredes sigue pegado aquel chicle verde que tiré hace siglos y esa pastilla que dejé encima del extractor del aire acondicionado una tarde de verano que llovía para ver cómo se deshacía -sigue dura como una piedra-. Ahora tengo una ventana enorme, con sus ventajas y sus desventajas. Bueno, de las primeras veo pocas ahora mismo, salvo que alegra la vista de vez en cuando ver la calle. De las segundas, muchas. Es una auténtica violación de mi intimidad, aunque yo procuro no excederme mucho saltándome la de los demás. La calle de mi abuelo es estrechita y podría ver perfectamente la televisión mirando por la ventana y escuchando el aparato de mi habitación. A un lado, veo la casa de mi vecina. Al otro, la de un amigo al que tengo que llamar. Enfrente, gente desconocida que me pilla de vez en cuando echándoles alguna mirada.
Otro problema es que siento vergüenza cuando me pongo el pijama con la luz encendida, o cuando me levanto de día en pijama. Nunca en la vida me ha pasado. Mi habitación ha sido siempre un refugio, un agujero en la pared cuya única vía de comunicación es la puerta. Esta habitación, además de la puerta y unas paredes finas, tiene una gran ventana con la persiana estropeada. Imagino que los vecinos de enfrente se habrán acostumbrado a vivir pudiendo ser observados. Yo todavía no.
**Por cierto, ha muerto Kurt Vonnegut, un genio del último siglo. El otro día estuve acordándome de Kilgore Trout y me asombré de la capacidad que tienen algunos de inventar nombres que permanezcan, aun cuando te cueste recordar cuando lo oíste o dónde lo leíste. Aprovechad para leer Matadero 5**
Luchando contra Rob Fleming con literatura rosa

No sé si me gustaría parecerme a Rob Fleming, si ya se parece él a mí o si yo soy así por él. Alta Fidelidad, como a muchos de los que leéis este blog, me marcó mucho. Mi hermana me regaló el DVD por mi último cumpleaños, aunque ya me sabía la película de memoria. Ahora me estoy leyendo el libro, el original, la bacteria primigenia, el caldo primordial, y son tantas las ideas parecidas y los discursos que suscribiría, que a veces tengo que parar de leer para darme cuenta de que realmente no soy así y que espero no ser nunca como Rob Fleming.
Nick Hornby describe a la perfección una generación perdida de adolescentes con barriga de treinta años que vive aislada en medio de todo, incluso entre ellos y consigo mismos. Como granos de arena transparentes en el desierto, imperceptibles, inmaduros e insólitamente amorales. Por eso Rob, al principio, no se responsabiliza de lo que hace, sino que se cree víctima de las consecuencias. No desvelaré más, pues seguro que alguno todavía no ha visto la película o leído el libro, cuyas páginas pasan una tras otra suavemente sin que se dé uno cuenta.
También pasan sin que te des cuenta las canciones de The Shins. Es como cuando paseas por estos días por la calle. Un día ves los árboles desnudos, un día pequeños brotes blancos o verdes en las puntas de las ramas, y antes de que te des cuenta de que llevas demasiada ropa para el calor que hace, ya han salido todas las hojas. Pues eso, antes de que te des cuenta estás escuchando primavera por los oídos.
Por cierto, no tengáis en cuenta éste último párrafo. Creo que es lo más rosa que he escrito en mi vida -si no cuento las canciones que hice cuando quise ser la reencarnación de Enrique Urquijo-. Saludos a todos.
**Traducción al vuelo de una frase de Kurt Vonnegut: "Más allá de lo corruptos, avariciosos o descorazonados que nuestros gobiernos, empresas, medios de comunicación o instituciones religiosas y de caridad puedan ser, la música seguirá siendo maravillosa. Si alguna vez muero, que éste sea mi epitafio: La única prueba que necesitó para creer en la existencia de Dios fue la música".**
Descubriendo al funcionario perfecto

Creo que no conduzco mucho mejor de cómo lo hacía hace un mes. De lo que sí tengo la certeza es que soy unos cuantos euros más pobre que entonces. Lo dice el justificante del banco. Esperaba al menos un papel de la autoescuela o de Tráfico que dijera: "Sí, éste tío es pobre, pero ya puede conducir". En el fondo, lo hacen por mi bien. Seguro que piensan: "Hombre, recupérate del sablazo que te hemos metido ahora, porque enseguida me las apañaré para multarte en algún sitio, que de alguna manera tengo que pagar el radar que he puesto en el semáforo de tu casa y el que voy a poner el mes que viene en la puerta de salida de tu garaje, no vaya a ser que vayas muy rápido al subir la rampa".
Lo que decía al principio, que conduzco igual que hace un mes, pero ya creen que he pagado lo suficiente como para ser "apto" para conducir. Y es que cada vez que pienso el dinero que me he dejado -y el que me voy a dejar en gasolina, multas y toda la pesca-, los nervios, los madrugones... Por encima de todo esto, hay una cosa que me termina sacando de mis casillas: la tasa de examen. Son 65 euros que pagas porque un tío se siente atrás con un papel y un bolígrafo, diga unas indicaciones -las más frecuentes: "derecha", "izquierda", "la siguiente salida", "cambie el sentido de la marcha"- y luego ponga una cruz en uno de los tres siguientes cuadraditos: apto, no apto, no presentado. Magnífico: el funcionario perfecto.
La mala educación

Hay dos cosas sobre las que me gusta hablar poco: el dinero y la política -aunque esto segundo, borracho, no me importa-. El primer tema me parece de poca educación, y más cuando se hace con desconocidos. Lo que trabaje uno, el dinero que tenga o en qué se lo gaste, es de la esfera privada. Puedes decirlo, claro está, pero hay que ser consecuente con lo que se dice y lo que se hace. Yo me lo voy a saltar y voy a escribir sobre política y sobre dinero.
Ayer le preguntaron a Rajoy cuánto ganaba, unas viudas sacaron su triste miseria a relucir en la televisión, y una señora cerró el programa enfrascada en equiparar la gravedad de no saber cuánto vale un café y la de no tener ni idea de lo que cobra un auxiliar de administrativo -o un cargo de funcionario parecido-. Lo que gane el barbas me da igual y está en su perfecto derecho al no decir lo que cobra. Pero es patético soltar a las primeras de cambio lo que uno gana para diferenciarse del que no lo ha dicho y, peor aún, decir que ganas 6.000€ todos los meses estando en un partido que se llama Socialista OBRERO -no son erratas las mayúsculas- Español. Me pregunto cuántos obreros de bocata y bota de tinto ganarían juntos lo mismo que Pepe Blanco, pero lo cierto es que ni el votante tradicional de izquierdas ni el de derechas son lo que eran.
A lo mejor es hora de que el PSOE deje su anacrónico nombre y pase a llamarse Partido Socialdemócrata Español... O quizás es hora de que haya una clase política algo más decente, cosa que creo que en España no ha habido nunca. Lo mejor que hubo fue en la Transición: comunistas resentidos, franquistas en rehabilitación, un rey jugándosela a su padre, nacionalistas ansiosos, generales con la pistola caliente...
**Prometo no hablar más de política en un tiempo medianamente prudencial. Pronto espero soltarme de nuevo con otras cosas. Habré entregado el trabajo fin de carrera y es posible que tenga la cabeza más despejada, lo cual invita a sestear. Cuidaros mucho**
Platero y yo

Estoy empezando a aficionarme a las mañanas de fin de semana sin resaca. Apenas han pasado las diez de la mañana y ya casi me he terminado el café, ya he pisado la calle, limpié el correo electrónico y estoy a punto de devolver el ordenador a mi habitación. Ha estado casi cinco meses en el salón de mi casa, donde había instalado mi oficina. Por Reyes me regalaron una bata para estar por casa. Me sentí tan "señor", que decidí cambiar de despacho. Dejé el agujero de la pared en el que un día mis padres encajaron una litera y coloqué el ordenador y el tocadiscos allí. Llené la mesa más grande de mi casa de papeles y de libros del Trabajo Fin de Carrera -lo entregué ayer, por cierto- y me entregué al vértigo del espacio vital más grande que jamás he tenido. Pero creo que hoy volveré a mi añorado boquete en el muro. Ha sido como estar de vacaciones: es genial levantarte todos los días y ver tórridas hembras en bikini, pero lo normal es oler sudorosos alerones en el autobús si uno es de la capital. Ya he acabado con el café, a todo esto.
Amigos, tened cuidado. Menda, Doctor y su Padre se han agenciado un cuatro ruedas casi por la patilla -y sin tener que hincar la rodilla cual pordiosero felador-, por lo que cualquier día puede ocurrir la estrambótica desgracia de que aparque en el acensor de vuestra casa, previo paso por la garita del portero y el cuarto de las basuras. Tened listas las cámaras de vídeo porque esta entrada dará la vuelta al globo más rápido que la de una escotada Scarlett Johannson sobre la alfombra roja. Es pequeño, azul y suave, casi como el borrico. Pero si os lo cruzáis, no le ofrezcáis una zanahoria, sino monedas, que se alimenta con costoso petróleo árabe.
