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Los archivos lúcidos, aunque cada vez menos, que me hago mayor

Balada para un jardinero

Balada para un jardinero BALADA DE UN JARDINERO, por Pedro Martínez.
(¿Por qué caen todas las flores muertas en mi jardín?)

Érase una vez un humilde jardinero que trabajaba todo el día sin cesar en los vastos jardines de palacio, recogiendo las hojas secas que caían de los árboles, regando las bellas flores de colores y cortando las malas hierbas que crecían. El rey y la reina lo tenían en muy alta estima y lo alababan por cuidar tan bien de sus patios, que eran los más bellos que ningún rey pudiera soñar tener nunca. “Un artesano con los dedos verdes”, decían unos. “Un decorador de la naturaleza”, señalaban otros. “Y qué obediente y responsable es”, insistía la reina a sus amigas mientras tomaban el té. Sumiso, entregado, trabajador, atento… Incluso aceptaba con entereza las reprimendas de la reina cuando no le gustaba el color de las flores que ponía en el centro de la mesa. Él siempre se disculpaba por no acordarse de que “su majestad, en los días de verano cuando hay tormenta, prefiere los claveles a los gladiolos a la hora de comer, y los gladiolos a los claveles en la cena”. Aun siendo con él más cruel que con ningún otro de sus sirvientes, era al que la reina tenía más cariño.
Y así fueron pasando los días hasta que llegó el otoño. Las hojas empezaron a teñirse de amarillo para luego caer al suelo. Los bellos jardines de la reina perdían su color, pero el humilde jardinero trabajaba cada día más duro para quitar con su rastrillo todas las hojas secas que había. Era en estos momentos cuando la reina lo felicitaba con mayor entusiasmo. “Ninguno lo podría hacer tan bien como tú”, le decía al agotado sirviente. Estas palabras levantaban su moral antes de irse a su casa a descansar para volver al día siguiente con fuerzas renovadas.
Un día, regresaba a casa silbando alegremente cuando, al abrir la puerta de su pequeño jardín, vio que muchas hojas habían caído de los árboles y deslucían su patio. Miró los jardines de todos sus vecinos y vio que estaban mejor aseados y cuidados que el suyo. “¿Por qué caen todas las flores muertas en mi jardín?”, se preguntaba él. “Bueno, otro día las recogeré, hoy estoy muy cansado”. Echaba con el pie a un lado del camino las que le molestaban y seguía andando. “Bueno, otro día lo recogeré todo, hoy estoy también muy cansado”, dijo al día siguiente. Y así, día tras día, mientras iba a limpiar el jardín de la reina todas las mañanas, el suyo se llenaba de hojarasca y maleza, hasta que una noche, cuando volvía de palacio, no pudo entrar en su casa de la cantidad de ramas y hojas muertas que se habían acumulado en su patio y que no le dejaban pasar. Esa noche durmió bajo un árbol. “Mañana por la mañana me pondré en serio y lo dejaré todo lo mejor que pueda”. Justo al rayar el alba, envió a un mensajero con una nota para la reina en donde le decía que le disculpase esa mañana, pero que no iba a poder ir a trabajar porque tenía que arreglar urgentemente su patio para poder volver a entrar en su casa. Pasó todo un día entero quitando hojas secas y podando ramas muertas de sus árboles pero, aún así, todavía le quedaría tarea para unas cuantas semanas más. Cuando el sol empezó a caer, llegó el mensajero con una carta de la reina para él. “Querido jardinero, me he apenado mucho hoy porque usted no ha podido venir a darle color a mi bello jardín. Espero que vuelva pronto, porque ver así de triste mis plantas también me entristece a mí”. Estas palabras de la reina hicieron brotar lágrimas de culpabilidad de los ojos del jardinero.
A la mañana siguiente, abandonó su trabajo doméstico para ir a palacio. La reina le recibió con alegría y él trabajó tanto, que en un día recuperó todo lo que no había hecho el anterior. Al llegar a su casa, su jardín estaba incluso peor que cuando lo empezó a limpiar la jornada anterior. Cuando salió el sol al día siguiente, volvió a mandar al mensajero con una disculpa para la reina por volver a tener que quedarse en casa arreglando sus moribundas plantas. Pero por la noche no volvió el enviado con una carta de la reina, por lo que el entregado jardinero supuso que estaría muy enfadada con él. Al día siguiente, terriblemente avergonzado, se presentó en los jardines lo más pronto que pudo, pero la reina lo estaba esperando con mala cara. Le echó la peor de las reprimendas que nunca nadie le había echado por haber dejado que los jardines se cubrieran de nuevo de maleza. “No saldrás de aquí hasta que vuelva a parecer primavera en mis patios”. Él, llorando, se disculpó y enseguida se puso a trabajar. No se fue de allí hasta que dejó todo precioso otra vez. Hasta parecía que algunas flores estaban floreciendo, pese a ser ya pleno invierno. La reina esta vez no le agradeció su entrega y ni le felicitó por su trabajo. Es más, lo despidió falsamente insatisfecha porque no le gustó cómo había quedado el jardín. Sabía que había hecho un trabajo milagroso, pero no quería reconocerlo.
Llegó llorando a su casa. Se sentía incomprendido. La reina no entendía que su casa, su precioso patio y su antes fértil huerto, se estaban echando a perder porque todos los días tenía que evitar que en el palacio no hubiera hojas secas ni siquiera escondidas detrás de los arbustos. Cruzó a duras penas su siniestro jardín y cuando iba a entrar en su casa, vio una pequeña flor que brillaba escondida debajo de toda la hojarasca. Se agachó a observarla y la acarició. “Me estoy muriendo”, le dijo la flor con voz muy débil. “Todas las flores de tu jardín estamos desapareciendo porque no nos cuidas. Incluso el huerto que tan buenas hortalizas te dio está muriéndose. Somos tus flores, somos tu vida porque tú nos la diste a nosotras. Tú nos plantaste aquí para que floreciéramos y te diéramos de comer, pero ahora nos has abandonado.” Entonces el jardinero se echó a llorar junto a la flor. “Tienes toda la razón. Vosotras sois mis flores y os he abandonado. A partir de ahora no descansaré hasta que mi jardín sea el más bello de todos los jardines y mi huerto vuelva a dar las mejores hortalizas de todo el reino”.
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