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Los archivos lúcidos, aunque cada vez menos, que me hago mayor

Noches de verano

  El camión de la basura es horrible. Son las tres y veinte y acaba de parar en mi ventana, cuatro pisos más abajo. Como un Transformer pestilente, estira sus brazos mecánicos poco engrasados y agarra un cubo. Lo vuelca sobre sus fauces trituradoras y me despierta. Es el fin. La guerra ha llegado. Botellas de cristal chocan violentamente unas contra otras y se rompen bajo el paladar mecánico. Su viejo motor de gasolina no para de sonar. Se oyen gritos y risas antes de volver a emprender la marcha y montar el mismo escándalo cinco metros más arriba.

  Para cuando lo oigo como una lejana interferencia, me doy cuenta de que hace mucho calor. Estoy empapado de sudor y vuelvo a sentir lo incómodo que es dormir en una cama veinte centímetros más pequeña de lo que necesitaría. El camión ha triturado una hora de sueño, pues la neblina del duermevela no me terminó de empujar bajo la losa del sueño cuando pasó a hacer su ruidosa -aunque, reconozco, imprescindible- tarea.

  Lo siguiente que hago es levantarme, ir al baño, aliviar el cosquilleo de la entrepierna no un chupito de pis, beber otro vaso de agua y quedarme como el dos de oros hasta que el camión, que ya ha dado la vuelta en la rotonda que hay treinta metros más allá, vuelva a montar la fiesta en la cercana acera de enfrente. Hasta mañana, basureros.

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  Veinte minutos más tarde, una mujer empieza a dar gritos. Hay un coche parado con el motor en marcha y se oye un portazo. No se entiende lo que dice. Habla en voz muy alta, discute con alguien. Toda la calle la oye. Toda. Podría apostar a que sé quién es, pero no me atrevo. En este barrio nos conocemos, pero no tan bien.

  Al poco, otro coche se para. Lleva las ventanillas bajadas y despide reguetón a todo trapo. Me imagino un grupo de sudamericanos, vestidos con camisetas blancas sin mangas y los brazos tatuados. O puede ser un grupo de zorras pijas volviendo a casa. Quizás son los últimos homosexuales, los más orgullosos. Se va, pero me deja los oídos bien abiertos. No hay nadie en la calle, pero ésta está hablando. Hay otro coche circulando lejos, no se le ve por la ventana, pero el rumor de su motor se escucha como el estruendoso discurrir de una cadena de montaje de piezas metálicas. Se nota su respiración, pero no lo veo. La estela sonora de su marcha rebota en las casas y se cuela junto al calor por mi ventana.

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  Tengo que intentar dormir otra vez. Me doy la vuelta, pero el aire me hace cosquillas en los pies. Está moviendo sin cesar algo. El molesto roce me pone nervioso. Es el momento, tengo que volver a escribir. Coger el bolígrafo, un papel cualquiera y secuestrar el momento, ahora que he sudado el sueño y la pereza.

  Es un gran relajante. Afloran en mi cabeza las historias que contaré, y eso me va haciendo feliz poco a poco, a la vez que me conduce suavemente hasta el sueño.

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2 comentarios

Soni -

Pensaba que lo del camión de basuras y los coches con reaggeton sólo pasaba en mi barrio. Creo que ayer o hace dos días sufrí un camión de esos durante media hora, y encima teniendo que madrugar. Insoportable.
Aunque si lo escribes se hace más llevadero no? Saludos!

Andrés -

Eeres bueno hijo puta. Escribes bien, pareces altamente entrenado. Pero no te pongas cursi, que a veces te pones cursi con metaforas. Hay que trabajar más las metáforas.
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