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Los archivos lúcidos, aunque cada vez menos, que me hago mayor

Esperando a que mi perro cague la llave

Media hora llevo esperando a que mi perro cague mi llave. Él me mira con ojos inocentes, avergonzado por lo que ha hecho. Hace 25 minutos estaba gritándole enfurecido. Cualquier criatura de la Vía Láctea hubiera entendido que había cometido un error y se hubiera sentido como él se está sintiendo. Me callé cuando me di cuenta de que podía perderle. Es posible que esa llave le arañe las paredes del estómago y el intestino. Es metálica y tiene puntas de sierra, como todas las llaves. Le hubiera llevado al médico a toda prisa si no fuera porque tengo la pierna escayolada desde el tobillo hasta la ingle y todo el mundo está de vacaciones. Sólo mi vecina podría, pero creo que le dejaría morir. No le quiere. Está harta de él. En cuatro meses que llevo viviendo aquí ya se ha tenido que comprar cinco felpudos nuevos. Yo le digo que no se ha acostumbrado a vivir en una casa nueva y que no mide bien las distancias todavía, así que no le da tiempo a salir a la calle y se lo hace antes. Ella me responde airada y dice que si el perro es un maleducado, el dueño sólo puede serlo más. Maldita vieja. Me saca de mis casillas.

Un momento. Empieza a gemir de dolor. Se ha dado cuenta de que algo no va bien y lo ve en mis ojos. Intento meterle la mano en la boca para forzar su vómito. Forcejeo con él. Lo único que estoy consiguiendo es que me arañe la mano. Contengo las lágrimas de dolor, pero no puedo evitar llorar por él. Gime con un silbidito agudo y débil. Tengo que sacar la mano porque no puede respirar bien. Creo que le he hecho daño en la mandíbula. A cualquier otra persona le hubiera mordido, pero a mí no. Sabe que le estoy ayudando. Sus ojos me dicen que no lo está pasando bien, que está sufriendo. Mira los míos y se da cuenta de que yo también lo sé y que estoy tratando de ayudarle. Abre otra vez la boca, invitándome a un segundo asalto. Introduzco otra vez mi mano. Palpo las paredes de su interior intentando forzar un vómito, pero nada. Sigue quejándose, pero cada vez más débilmente. Su cuerpo por dentro está muy caliente y creo que está sangrando por la boca. Sus piernas flaquean y tengo que sujetarlo de pie para que no se caiga. Acaba de cerrar los ojos, ha perdido la conciencia y yace sobre mí pero, aunque parece un pequeño saco de huesos recubierto pelo, respira débilmente. Su corazón late, pero apenas se nota. Saco la mano llena de sangre para hacerle el boca a boca. Ya lo había hecho en mis cursillos de socorrista cuando era joven, pero de eso hacía mucho y nunca lo había intentado con un perro. Tiene un sabor muy amargo y enseguida me empiezo a manchar la cara de sangre. Suelo marearme en cuanto tengo una pequeña hemorragia en la nariz, pero ahora no flaqueo.

Sus párpados empiezan a temblar levemente y vuelve a abrir los ojos. Le siento respirar ahora con más fuerza, pero todavía le duele. “Sálvame”, me grita su mirada, mojada de lágrimas de perro. Vuelvo a meter la mano, ahora con más decisión, pero con menos fuerza, más concentrado en buscar un punto que lo haga vaciar el estómago. Mis ojos siguen asomando lágrimas. “Vamos, ¡échalo!”, le grito, “¡Échalo, joder!”. Se revuelve en mis brazos, intentándose soltar. Le dejo. Anda torpemente hacia un rincón, agacha sus patas traseras y de su ano veo salir la llave, acompañada de heces marrones malolientes. No hay ni gota de sangre en su caca. Vuelve hacía mí un poco más vivaz y me lame la cara con la lengua ensangrentada mientras gime de agradecimiento moviendo la cola. Tengo la mano llena de arañazos de sus dientes y creo que voy a vomitar del olor, pero no me importa, le he salvado la vida.
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1 comentario

Sombra -

menudo mal rato...
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