Pechugas de cuarto y mitad
Si al profesor referido hace unas semanas no se le cruzan los cables, ya sólo faltan formalismos para ser licenciado. ¿Que qué siento? Pues vértigo. Hay demasiado tiempo y mucho recorrido por delante. Menos mal que estoy bien acompañado y que, creo, ya he andado parte del camino. Es pronto todavía para saber qué va a ser de mí o que voy a hacer yo para ser algo, pero no hay que echarse a sobar a un lado del camino. Mejor andarlo y aguantar lo que pueda caerme encima.
De momento, no me he emborrachado para celebrar nada. ¿Es una señal? ¿O es una putada? Lo segundo, sin duda alguna, pero estaba demasiado cansado. Por lo tanto, es una señal.
Otro día que tenga más tiempo escribiré sobre algo más interesante, o lo haré con más dedicación. Debería hablar sobre el disco de Wilco, o sobre le que saca Ryan Adams dentro de unas semanas, sobre la Liga, acerca de chichis veinteañeros o pechugas de cuarto y mitad, pero no es el momento. Suerte a los que empezáis ahora los exámenes.
Cumplo mi tercer día de condena febril. El viernes me metí en la cama con un sospechoso frío que el sábado por la mañana se convirtió en unas cuantas décimas de calor corporal. Así, hasta ahora y seguramente unos días más.
Efectivamente, estamos en Semana Santa. Yo antes, como niño de colegio católico y buen cristiano, iba a celebrarlo a Los Molinos o donde fuera con los curas. Ya no. Evidentemente, no tengo apenas fines de semana libres y no puedo cogerme días para irme a una cosa de estas, pero no es la principal razón. Ahora que soy mal cristiano, veo poco interesante y repetitivo el tema. Todos los años lo mismo. Las procesiones, que siempre son iguales y lo único que las hace distintas es si llueve o no, están condenadas a desaparecer. Salvo, parecer ser, en Sevilla, donde hasta los niños cargan con la cruz.