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Los archivos lúcidos, aunque cada vez menos, que me hago mayor

No esperes al tío Paco

NO ESPERES AL TÍO PACO, por Pedro Martínez.

Otra vez se había vuelto a quemar la carne en el horno. “Nunca más podré volver a dejarla sola”. La casa estaba envuelta en humo. “¿Dónde está mamá?”. Abrí todas las ventanas de la casa y saqué el trozo de carne, transformado en ceniza. Diana estaba llorando en su cama, cubierta con tres mantas y el edredón en pleno agosto. Estaba asustada y sudaba. “No te asustes, ya pasó”. “Hay mucho humo. Tengo miedo”. “Ya se va el humo, no tengas miedo”. “Mamá se fue”. “Volverá, no te preocupes”.

Llené la bañera para bañarla. Costaba mucho tranquilizarla. Era la hora de sus pastillas, pero mamá se las había vuelto a tomar todas antes de salir. Busqué en mi bolso y tuve suerte de encontrar una entre pañuelos mojados de lágrimas. Le gustaba el agua. Yo frotaba su espalda con la esponja y le limpiaba los hilillos de saliva que se caían de su boca mientras ella chapoteaba con los brazos. “¿Cuándo vendrá el tío Paco?”. “Muy pronto, Diana. Muy pronto. Hoy ha vuelto a escribir. Dice que tiene ganas de vernos”. “¡Qué bien!”. Hoy no había escrito. La última carta que recibimos fue hace dos meses. El tío Paco se fue hace muchos años a América e hizo fortuna. Mamá se escribía mucho con él antes de perderse. Ahora soy yo la que escribe por ella. Diana y mamá se aferran a que algún día volverá y seremos ricas. Yo me aferro a que mañana no me echen del trabajo y a que ninguna de ellas empeore, aunque a veces sueño con el tío Paco. Diana, mamá y yo en la terminal del aeropuerto. Lo anuncian por megafonía: “el avión desde México del tío Paco aterrizará en breves instantes”. Allí estamos las tres, sonrientes y nerviosas, unidas como nunca lo hemos estado. Luego el sueño se acaba. El tío Paco nunca aparece. Cuando se repite este sueño, intento cruzar las puertas de la terminal, pero nunca se abren y acabo golpeándolas con fuerza mientras lloro de rabia en el suelo. Y cuando despierto me veo aquí, lavando a mi hermana en la bañera y rezando para que mi madre llegue a casa tan borracha y tan colocada que no le apetezca pegarnos ni a Diana ni a mí.

Es hora de que Diana se vaya a la cama. En el bolso tengo una chocolatina medio derretida. Se la doy. Le cuesta menos comérsela que otras cosas, pero está tan derretida y se mancha tanto que debería meterla otra vez en la bañera. Cuando vuelvo de lavarme las manos en el baño, se ha quedado dormida en su silla. La meto en la cama. En sus sueños es donde mejor está. Allí el tío Paco sólo tiene ojos para ella. “Hasta mañana”, susurro.

Al otro lado de la puerta de la casa, mamá intentaba dar en el blanco con la llave y abrir la cerradura. Abrí yo desde dentro. Tenía las bragas bajadas y un tirante de la camiseta caído. Una sombra bajaba las escaleras y salía por el portal. Se apoyaba con una mano en la pared y trataba de mantener los ojos abiertos. “No hagas ruido, Diana se ha quedado dormida ya”. “¿Por qué no estás dormida tú?”. “Estaba esperándote”. “Te tengo dicho que no me esperes despierta”. “Hoy has dejado sin pastillas a Diana. Ha tenido suerte de que yo tuviera una en el bolso”. “O sea, que tú también le robas las pastillas a la pobre de tu hermana”. “No, yo sólo cojo alguna por si vuelves a hacer lo de hoy. Deberías verla alguna vez con uno de sus ataques.” Se tambalea como una botella con el culo redondo. “No me apetece discutir hoy, estoy muy cansada. ¿Qué hay de cenar?”. “Nada, se supone que yo ponía la carne en el horno y tú la sacabas mientras estaba trabajando”. “¿Nada?”. Bofetón. Por muy borracha que estuviera, cuando me pegaba soltaba sus manos con la precisión de un boxeador. “¡Yo también trabajo, niñata de mierda! ¡No puedo estar pendiente de dos retrasadas como vosotras!”. De un empujón me la quité de en medio y bajé las escaleras cubierta por mi velo de lágrimas.

Recibimos una carta del tío Paco un mes después de este día. Era breve y decía que se venía con nosotras a pasar los últimos días de su vida. Quería morir en la tierra que le vio nacer. Diana se alegró y mamá y yo tapamos con niebla nuestras diferencias, fingiendo ser uña y carne cuando no éramos más que dos trozos de pescado podrido flotando en una charca de aguas residuales. Fueron días de nervios y tensión, pero el fusible no llegó a saltar.

Fuimos a buscarle a la terminal. Todo era igual que en el sueño, las mismas caras de alegría, tres almas unidas por un motivo, por un futuro luminoso. Anunciaron el avión. Las puertas de la terminal se abrieron. Los primeros viajeros empezaron a salir y se abrazaban a otros que estaban esperando como nosotras. Apareció como una sombra, discreto y escondido entre los demás pasajeros. Llevaba una pequeña maleta en la mano derecha, unos pantalones oscuros, una camisa blanca arrugada y los cordones desabrochados. Tenía barba de tres días, el pelo desaliñado y le faltaban unos cuantos dientes cuando sonrió al vernos. Diana seguía sonriendo y moviendo las manos haciendo un efusivo saludo mientras que a mamá y a mí se nos cayó el mundo encima. No era el salvador. Ambas habíamos sido traicionadas por nuestra propia imaginación y él nos había estado mintiendo durante años. Quise llorar, pero al ver que mamá empezó antes que yo, reprimí mis lágrimas y me hice más fuerte contra el alud de mierda que acechaba en lo alto de la montaña.

Se vino a vivir a casa. Nos lo confesó todo. Había perdido todo su dinero en el juego y ahora necesitaba vivir con alguien para no pasar sus últimos días tirado en una calle de México. “La familia unida, permanece unida”, no paraba de repetir. “¡Por el interés te quiero, Andrés!”, le respondió mi madre, harta de excusas y tirándole el vaso de whisky a la cabeza. “¡¿Dónde estabas tú cuando nació Diana?! ¡Me echaron del trabajo y tuve que mantener a estas dos inútiles con las piernas abiertas y comiéndole la polla a cientos de demonios por unas míseras pesetas! ¡Largo de mi casa, embustero! ¡Vete o llamaré a la policía!”. El tío Paco cogió la maleta y se fue en silencio, tal y como había llegado. Mi madre no lo superó. A los pocos días se ahogó en la bañera por el peso de tantos tranquilizantes y botellas de alcohol. Diana empeoró y el médico me aconsejó que la ingresara en un centro. No tuve otro remedio y accedí con la esperanza de poder estabilizarme, encontrar un trabajo decente y poder sacarla de allí para cuidar de ella, pero a los pocos meses me di cuenta de que eso era volver a esperar al tío Paco, volver a poner mis esperanzas en un salvador. Por eso estas son las últimas palabras que escribo antes de que esta soga termine con mi vida. Todo habrá acabado ya.
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1 comentario

Rocío-Carolina -

GRACIAS.
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