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Hedonista y vanidoso
Hay quien no se levanta los lunes por la mañana jodido. Hay quien está deseando que se acaben las tardes de domingo, ésas en las que los cines están repletos de mileuristas con resaca. Sí, hay gente rara que ama los lunes por la mañana, cuando hace café, pone un disco, enciende el ordenador y deja que pasen las horas escribiendo posts tan inútiles como éste.
Dos días después, Pedro no tiene resaca. Por fin. Tiene la cabeza despejada como el cielo que ve por la ventana. Incluso se plantea la opción de tumbarse en el sofá a leer la revista que se ha comprado esta mañana y dejarse asaltar por un sueño furtivo antes de comer. Pero Pedro no gana mucho. Si algún día quiere independizarse o ahorrar algo de dinero, tendrá que trabajar por la mañana. Lo sabe, le preocupa, pero ahora no. Ahora quiere estar tranquilo y olvidar que ayer estuvo trabajando hasta tarde.
**Últimas notas: The Transfiguration of Vincent, de M. Ward y Easy Tiger, de Ryan Adams. Ya os contaré más. Del primero, sólo digo que cuanto más lo escucho, más me gusta. Del segundo, que no ha hecho su mejor disco, pero sí algunas de sus mejores canciones**
Noches de verano
Para cuando lo oigo como una lejana interferencia, me doy cuenta de que hace mucho calor. Estoy empapado de sudor y vuelvo a sentir lo incómodo que es dormir en una cama veinte centímetros más pequeña de lo que necesitaría. El camión ha triturado una hora de sueño, pues la neblina del duermevela no me terminó de empujar bajo la losa del sueño cuando pasó a hacer su ruidosa -aunque, reconozco, imprescindible- tarea.
Lo siguiente que hago es levantarme, ir al baño, aliviar el cosquilleo de la entrepierna no un chupito de pis, beber otro vaso de agua y quedarme como el dos de oros hasta que el camión, que ya ha dado la vuelta en la rotonda que hay treinta metros más allá, vuelva a montar la fiesta en la cercana acera de enfrente. Hasta mañana, basureros.
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Veinte minutos más tarde, una mujer empieza a dar gritos. Hay un coche parado con el motor en marcha y se oye un portazo. No se entiende lo que dice. Habla en voz muy alta, discute con alguien. Toda la calle la oye. Toda. Podría apostar a que sé quién es, pero no me atrevo. En este barrio nos conocemos, pero no tan bien.
Al poco, otro coche se para. Lleva las ventanillas bajadas y despide reguetón a todo trapo. Me imagino un grupo de sudamericanos, vestidos con camisetas blancas sin mangas y los brazos tatuados. O puede ser un grupo de zorras pijas volviendo a casa. Quizás son los últimos homosexuales, los más orgullosos. Se va, pero me deja los oídos bien abiertos. No hay nadie en la calle, pero ésta está hablando. Hay otro coche circulando lejos, no se le ve por la ventana, pero el rumor de su motor se escucha como el estruendoso discurrir de una cadena de montaje de piezas metálicas. Se nota su respiración, pero no lo veo. La estela sonora de su marcha rebota en las casas y se cuela junto al calor por mi ventana.
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Tengo que intentar dormir otra vez. Me doy la vuelta, pero el aire me hace cosquillas en los pies. Está moviendo sin cesar algo. El molesto roce me pone nervioso. Es el momento, tengo que volver a escribir. Coger el bolígrafo, un papel cualquiera y secuestrar el momento, ahora que he sudado el sueño y la pereza.
Es un gran relajante. Afloran en mi cabeza las historias que contaré, y eso me va haciendo feliz poco a poco, a la vez que me conduce suavemente hasta el sueño.
Cómo pasar una mañana escribiendo uno de los posts más largos que recuerdo haber escrito

Soy como Marcel Proust. Y no por ejercer de pésimo y desquiciado cronista de la vida que me ha tocado, sino porque me paso la vida enfermo. En la madrugada del martes al miércoles me desperté de repente sudando como un pollo asado -eso sí, sin el palo que los atraviesa de Atlanta a Detroit- y en medio de un delirio febril que me empujaba a conectarme a Internet para corregir unas cosas del trabajo. No he levantado cabeza, pero los efectos de chupar la sudoración de un sapo imaginario me abandonaron como cuando se te pasa el colocón de diez cervezas torrado bajo el sol. Me queda un picor en la garganta, placas de pus al fondo de la boca y un dolor de cuello que no se ha solucionado hoy volviendo a acostarme con la segunda que más me gusta: mi cama.
Quiero volver a Proust. Ya que estoy algo febril y delirante, aprovecharé para ejercer algo de deporte genital imaginario -¿nunca habéis pensado que masturbarse es a follar lo mismo que correr en la cinta a salir a correr por la calle?-. Este pobre hombre estaba obsesionado con el tiempo por su delicada salud, que se lo llevaría al otro barrio con 51 tacos. Hubiera sido curioso conocerle. Me lo imagino entrando en las fiestas refinas solito o como el primo que va a todas las bodas con su madre, el que sale poquito de casa o lo hace sin compañía. El pardillo que es así porque salió de la garita materna algo antes de lo recomendado, aquél al que todos, al ver entrar, reciben con una media sonrisa y un comentario a la solapa: "Ya está ahí ése". Sí, también me lo imagino con mal olor y granos por la cara, callado, tímido, y habitual de la pajillerización en los momentos de soledad.
Pero este retrato no le hace justicia. Es un privilegiado. En un mundo de las ideas, sería un tremebundo mamut intelectual en medio de ingenuos pavos reales. Se sabe superior a todos y cada vez que abre la boca se la cierra a alguna putita viejuna con clase y pasta pero poco cerebro. Además, tiene éxito entre algunas mujeres, aunque luego no le vaya del todo bien -no me meto más en este tema-.
El problema más grave que tiene es el tiempo. "¡Vaya problemón! Y yo con estos pelos...", seguro que alguien piensa. Es como el que va al río a cribar arena y no para de encontrar pepitas de oro. Encuentra una y se cree el tipo más rico. Decide coger otro montoncito y moverlo sobre el filtro como el que haría unos huevos revueltos en una sarten sin mango. Encuentra otra pepita tras mucho revolver y se anima. Luego pone un límite tras el cual volverá a casa. Diez pepitas, por ejemplo. Tarda mucho en llegar a ese número y no queda satisfecho. Decide seguir, como un ludópata enganchado a la tragaperras. Encuentra algunas piedras de oro grandes como puños, otras pequeñas como legañas, pero no sigue sin saciarse. Tiene un gran saco hasta arriba de pepitas de oro, no se detiene y, a medida que pasan los días, se anima más cada vez más. Y es que el río es una auténtica mina. Podría tirarse toda la vida buscando y encontrando.
Eso es más o menos lo que hace Proust. Bucea en su memoria, unas veces por iniciativa, otras veces por imperativo de sus propios recuerdos, traídos a la superficie por una acción ajena e involuntaria sobre alguno de sus sentidos. Escribe y escribe, relata con suma perfección y detallismo sucesos de tiempos pasados, pero que le resultan cercanos y precisos en el momento en que los trae al presente. Así pasan páginas, muchas, y podrían haber pasado más. Acabó su novela -y escribió la mayoría- postrado en la cama, enfermo y obsesionado con dejarlo lo más acabado posible. Los dos últimos volúmenes están llenos de notas al pie de página que recogen notas sueltas manuscritas que dejó desordenadas. Éstos dos fueron publicados después de muerto.
Bueno, creo que después de este panegírico castrístico, me pasaré a la música. Estaba escuchando I'm wide awake and It's morning, de Bright Eyes. Qué gran disco. Es pop, es rock, es cantautor, es country... Muy completo, vaya, pero por encima de todo, tiene grandes, grandísimas canciones. Me lo perdí en su momento, pero nunca es tarde para descubrir grandes obras. Si no, que se lo digan a Proust. Cuidaros mucho.
De fútbol

No quiero irme a preparar la comida sin antes hablar de fútbol. Es el segundo post que escribo en la mañana, así que podéis haceros una idea de lo ocioso que estoy. Ahora estoy escuchando Feast of Wire, de Calexico. Cada vez me gusta más. Pero no voy a seguir por ahí.
En lo que llevamos de verano, y a pocos días de que algunos equipos empiecen la pretemporada, el Real Madrid no tiene entrenador. Hacer del fichaje de un entrenador un culebrón es el colmo de los colmos, futbolísticamente hablando. Ya te has ganado la enemistad de otro club, si es que alguna vez Ángel Torres quiso ser amigo si no presidente en Concha Espina. Peor le va todavía al Real Madrid fuera de España. Entra como un elefante en una cacharrería cuando va a hacer un fichaje. Encarece los fichajes sólo por la forma en que negocia y todos se le suben a las barbas para sacar una tajada que rara vez es negada. Además, se llena los bolsillos de enemigos: el Arsenal lo critica por haber tocado a Wenger y Cesc; en Milán, tres cuartos de lo mismo; a este paso, con el Inter -un equipo con el que no se han mantenido malas relaciones- va a pasar lo mismo por Adriano -pudo haberlo fichado Valdano- y Chivu.
Todo lo contrario que el Barcelona. Llega en silencio y se lleva lo que quiere. Seguro que al Real Madrid le hubieran cobrado mucho más por Henry. Por cierto, un fichaje de lo más interesante. Simplemente, lo han contratado para ponerle competencia a Ronaldinho, no como un sustituto. Él brasileño ha jugado por decreto y, aunque ha respondido, no ha colmado las expectativas.
El Atlético ha hecho bien vendiendo a Torres y Torres ha hecho bien en irse del Liverpool. Lo malo de los reds es que no han encontrado un delantero bueno desde que Owen se fue al Real Madrid. Es una maldición y el Niño puede no soportar la presión. ¡Tiene 23 años! A mí me parece que lleva jugando toda la vida, pero tiene mi edad. Si a su edad no explota con todo lo que lleva dentro, podría acabar siendo uno de los grandes fiascos del fútbol español. Y eso que yo no me fío mucho del delantero español, una especie rara que lo mismo te hace bien un año como te deja tirado el resto de su contrato. Llegan para sustituirlo Forlán y Luis García. Dos buenos, muy buenos, fichajes. Sin duda alguna. Son jugadores experimentados en competiciones internacionales que, casi siempre, han rendido a un buen nivel. Este año, si las cosas no se tuercen más todavía, el Atlético sí que puede estar entre los grandes. Vaya, esto último me suena...
Artículo sobre el verano: beneficios, perjuicios, consecuencias y seguir creciendo con Neil Young
Son las doce de la mañana en el momento en que empiezo a escribir, he abierto las contraventanas y he puesto un disco de Neil Young, de los tranquilos. La mezcla de sudor y desodorante empieza a molestarme en el sobaquillo. Me palpo y lo noto. Me ha salido un bultito. Es verano. Espero que no me dé problemas. Algunos me han causado fiebre, y todo, por lo que tuve que tomar antinflamatorios para reducir su tamaño. Éste, creo, va a durar un telediario de Sánchez Dragó.
Sí, es verano. Los chavales han acabado las clases y se van a la playa. Los de Universidad terminan exámenes, o ya están de vacaciones pensando lo que tienen que estudiar para septiembre. Yo no. En muchos aspectos, estoy aparcado en el limbo y nadie va a venir a multarme, hasta que vea caer las primeras hojas de los árboles y vuelvan las largas noches blancas.
El verano significa mirar atrás, es recodar buenos tiempos pasados, y madurar es aceptar poco a poco que nunca van a volver. Ya no volverá el primer canuto y ni siquiera recuerdo el último. Como tampoco espero ni me espera esa chica que un año más tarde fue la reina de las fiestas del pueblo. Lo último que supe de ella es que se compró un piso con su novio. Ya sabes: luego trabajo, hijos y reuniones del APA cuando no tienes ni treinta
Tampoco va a estar mi abuela. No he escrito sobre este tema en el blog, y creo que no debo hacerlo, pero no lo puedo pasar por alto si de verdad quiero reflejar el paso del tiempo. No son pocos los recuerdos. Ojalá hubiera alguna manera de traer a este mismo momento el olor de una de sus paellas... En seguida me viene su voz y el patio con el techo de parra. Las hortensias rosas que crecían, la pared de cal blanca desconchada por mis balonazos, la vieja manguera amarilla, una virgen oxidada en la esquina, un oscuro agujero inservible bajo la escalera de piedra del patio, el garaje de las bicicletas -el estudio del pintor- y mi abuelo regando en camiseta interior. Los días en que mis padre y hermanos venían a comer. Parece que pasa por la ventana el ruido del motor de esa ranchera Peugeot 505. Los tres sabíamos que habían llegado por el sonido de ese coche en el que hicimos tantos viajes a la playa, la sierra, Makro, el pueblo de mi padre... Daba la vuelta en la esquina y aparcaba en el lado de nuestra casa. Yo era el primero que abría el portón verde y salía a recibirlos. Después aparecían mis abuelos. Él, con un Ducados en la boca. Ella, con el mandil.
Ha cambiado tanto el pueblo. Derribaron la casa y construyeron un edificio de tres pisos para la familia que nos alquilaba la planta de abajo. La primera vez que vi el solar, hace cuatro o cinco años, tuve que morderme los labios. Los edificios de alrededor son nuevos. Las casas de una planta han desaparecido y los patios son ahora plazas de garaje. No estoy en contra de tirar casa viejas y hacer otras nuevas, pero creo que nada puede igualar el bienestar de sentarse a ver el Tour a las tres de la tarde en aquel viejo patio de piedra y parra.
Ahora me conformo con Neil Young, el aire acondicionado y una cerveza fresquita dentro de un rato. Llamar por teléfono, quedar esta tarde y dar una vuelta viendo, poco a poco, cómo en Madrid se quedan los ladrones y las prostitutas. Claro, y los que no tienen vacaciones.
Zapatillas

Estoy a sólo una jornada laboral de tener vacaciones. Supongo que todo aquel que trabaja durante el año merece luego un descansito, un tiempo en el que nada de lo que te paga los discos y las copas -porque no me llega a más- te molesta. Así me veo, un domingo por la mañana, con sueño y con pocas ganas de escribir.
Espero que durante estos días no se me vayan las neuronas de vacaciones. Ejercitarlas es el único deporte sano que hay. Me río siempre del tópico que reza que el deporte es salud. Reaparece en mi cabeza el niño de 12 años, judoka, futbolista y baloncestista, sosteniendo su rollizo cuerpo sobre dos muletas, con una pierna más hinchada que la otra porque la lleva vendada desde la ingle hasta el tobillo. Eso era hacer deporte, pero no era salud.
Quizás, lo mejor que le pasó por aquellos años a ese chaval fue tener una guitarra entre las manos. Dejó de hacer deporte al poco de empezar a tocar. Ensayaba con un grupo en su colegio, a la misma hora a la que solía tener sus partidos de baloncesto. Algunas veces veía jugar a sus ex compañeros, pero no tenía ganas de cambiar una cosa por otra.
Ahora, ni toca, ni hace deporte. Se toca -aunque eso ya lo hacía- y trabaja en la sección de deportes de un periódico. Es algo parecido a una greguería, pero con un humor más negro, pues la degeneración es patente y apenas tiene hueco para maniobrar y cambiar. El otro día, comentaba con su hermano que tenía la solución para hacer deporte y cambiar la trayectoria: comprarse unas zapatillas, puesto que sentiría remordimientos y les daría uso.
Todavía no lo ha hecho, tranquilos.
**No, no éste no es el caso de Álvaro Benito, aquel que salió de la cantera del Madrid con Raúl y que luego fundó los infames Pignoise.**
Erecciones en el autobús
Hoy he entendido a Patch. Hasta hace poco tiempo, me costaba comprender por qué los viejunos -que no viejos- hacen cosas raras en los momentos más insospechados.
Últimamente estoy teniendo suerte cuando cojo el 61 o el 16. No me encuentro con ex compañeros de colegio a los que no me apetece ver y tengo que saludar por cojones. Cuando consigo evitarlos, salgo del autobús con dolor de cervicales por haber estado mirando al suelo o hacia la ventana con un insano escorzo de cuello.
Iba yo esta mañana en el bus con una empanada mental de pollo, pimientos y cebolla, cuando se ha puesto a mi lado un viejete vestido de gañán veterano. El pobre no controlaba mucho su cuerpecillo, se pegó demasiado a mí y estaba algo incómodo, o eso creía yo, porque no me estaba dando codazos para colocarse, sino para llamar mi atención -yo iba con los cascos-. Le he mirado y, sonriente, él me ha enseñado una postal de una morena abierta de piernas, enseñando su suculento plato de conejo al ajillo. He suspirado -no eran horas- y el viejete se ha quedado mirándo la imagen, como si fuera una virgen, pero no la de los cristianos.
Era mi parada ya, así que le he pedido hueco para salir y no he podido evitar ver la tremenda erección que ocultaba en su pantalón. Igual que cuando te dicen que no mires algo y vas tú y iras, he visto que su cipote estaba erguido como la bandera que cuelga de la fachada de un edificio. Un escalofrío ha recorrido mi espalda y ahora, al recordarlo, me sube un gusanillo por el esófago...
Tres minutos y medio

Cada vez estoy más contento por no haber escrito ninguna buena canción, una de esas que dirías cuando el entrevistador te pregunta cuál te hubiera gustado componer. Tengo la certeza de que Bob Dylan ya no disfruta Like A Rolling Stone, lo mismo que a Jeff Tweedy le cuesta cada vez más cantar Jesus, etc., o lo que le pasa a Jim James cuando arranca las primeras notas de Golden. Llega un momento en que esa canción no les satisface como la primera vez que les vino la idea. Pero los que los escuchamos sí tenemos ese mismo momento de enajenación, al menos de vez en cuando, cuando surgen de la nada algunas melodías mientras sientes que el sol arranca la piel de tu espalda poco a poco, como un rallador de queso rasga la pieza y la convierte en minúsculas tiras blancas. Da igual lo que pase alrededor. Has encontrado el oasis en el desierto. Nada te saca de la espiral, ni los que te acompañaron a la piscina, ni las chicas en bikini, ni las que hacen top less, ni los que gritan, ni los pies que pisan al lado de tu cabeza. Estás atrapado, al menos, durante tres minutos y medio, como si dosificaras la violencia de un orgasmo durante ese tiempo y se convirtiera en una dulce y suave corriente continua desde los oídos hasta los pies.
Hasta el jueves (o más)

Me voy a Barcelona. Estoy de vacaciones, aunque paso de vez en cuando la penitencia de la pajarita y el delantal, y no pienso dejar escapar un mes entero de piscineo, música, libros, salir y tocamiento de huevos lascivo. De momento, empiezo por visitar el gigante supositorio con luces, la catedral de nunca acabar y otras cosas que no recuerdo que puedo ver. Por cierto, pisaré la playa tras muchos años de asfalto y cristal.
Sólo he estado dos veces en Barcelona. De lo único que me acuerdo de la primera vez es que coincidió justo con el partido que le dio la Liga al Madrid de Valdano. Recuerdo los goles de Amavisca y Zamorano, aunque se me escapa quién metió el del Deportivo -¿Manjarín? ¿Aldana? ¿Fran? Un café para el que acierte-. Un madrileño, del Real, en Cataluña, el mismo día que su equipo gana la Liga. Recuerdo que ABC, en el especial que hizo sobre los campeones, reseñaba que Guti -en el C por entonces- sería la siguiente perla de la cantera que despuntaría, algo que Raúl consiguió entonces. Ése periodista acertó su quiniela once años después.
La segunda vez fue en primero de carrera. Fui con mis tías y mi hermano a ver a Paul McCartney al Palau. Sólo estuve un día y me quedé con ganas de más. Ahora tengo tres días y espero pasármelo como un enano. Ya os contaré cuando vuelva. Espero que aprovechéis mi ausencia para salir a flote en vuestros trabajos, actualizar los blogs -que algunos huelen mal-, echarme de menos, llorar mi partida y anhelar mi vuelta como fieles Penélopes.
De vuelta

Cuando una pareja llega a la habitación de un hotel, indefectiblemente, la mujer, lo primero que hace nada más poner la maleta contra la pared es mirar los baños, contar las toallas, ver si la ducha está limpia y abrir los armarios. Luego deja el bolso. Entretanto, el hombre se tumba en la cama y pone sin pudor los pies calzados sobre la colcha. Coge el mando a distancia y, uno por uno, recorre todos los canales de la televisión anunciándolos en alto a la chica: la RAI, una alemana, esta es portuguesa, una de moros, la autonómica... La tarea acaba al llegar a Eurosport, haya lo haya: sumo, curling o billar. Si no, se para en la CNN y se queda mirándola sin entender un pijo de inglés. En caso de no haber canales vía satélite, pone el Tour.
Llegué anoche de Barcelona. Tenéis que ir o volver. Ahora, trabajad. Yo sigo de vacaciones.
Breves futbolísticos desde la lucidez más discutible

No entiendo lo de Cassano. O soy tonto, o sordo, pero que yo sepa, nadie ha dicho nada bueno de él desde que lo fichó el Real Madrid hace un año y medio. Debutó en un partido ante el Betis en Copa del Rey y marcó, a pesar de estar gordo y haber llegado medio lesionado. Su principal problema no ha estado en los campos ni en los entrenamientos. Otros con menos historial han encontrado menos zancadillas, pero éstos no tuvieron a la prensa en contra desde que pisó Barajas. Merecía una oportunidad como todos, pero no se la dieron.
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"Lo que para unos es valioso y sagrado, para otros es una provocación". Esto ha dicho hoy un portavoz de la FIFA para justificar la prohibición de exhibir signos religiosos a los futbolistas. Si rezar, agradecer a Dios un esfuerzo, ofrecerle una victoria o cualquier otra cosa con la que cada cual quiera comunicarse con el Altísimo es provocar, apaga y vámonos. ¿Multarán a Raúl cuando marque por besarse la alianza? ¿Considerarán que Ronaldo hace el símbolo de la cruz cuando celebra los goles con los brazos abiertos? ¿Sacarán tarjeta roja a Diarra por rezar antes del pitido inicial de cada encuentro? Más grave aún: ¿Van a prohibir a los niños jugar al fútbol en colegios de curas o monjas?
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El Atlético está contra las cuerdas, pero sigue fichando bastante bien. Ahora, Simao, uno que en el Barcelona no se comió un colín, aunque algo ha debido de cambiar. Se fue Petrov -un verdadero tormento verlo jugar- y puede llegar Riquelme. ¿Se tomará alguien en serio a este equipo si llega el argentino? No creo, pero sí si se mete en la UEFA. Si mañana vemos por Madrid a un nutrido grupo de rumanos borrachos, será que el Atlético vuelve a dejar claro lo que algunos ya sabemos: que no es el tercer club de España, por mucho que las televisiones ganen dinero con sus partidos.
